Desde tiempos remotos, el ser humano ha mirado el cielo en busca de respuestas, llegando incluso a levantar construcciones increíbles y auténticos desafíos de la física, para lograr contener apenas un rayo de sol justo en el momento exacto. Desde las pirámides de Egipto hasta los templos de Teotihuacán, muchos de ellos parecen tener como común denominador el cálculo preciso del movimiento del Astro Rey; inevitable nombrar la Pirámide del sol en Teotihuacán: una mole de 2 millones de toneladas de bloques de barro, orientada como un eje perfecto en una alineación este-oeste, entre los cuatro puntos cardinales que, a pesar de los diversos estudios realizados desde el S XIX, los investigadores aún no han conseguido descifrar todos sus secretos. No en vano, su cercanía con la Pirámide de la Luna, ubicada en el mismo centro arqueológico, nos hace pensar en esa dualidad que escondía ya un gran simbolismo para las antiguas civilizaciones.
Hace unos días (el 12 de agosto), pudimos asistir a un acontecimiento de una belleza inenarrable, la luna por unos instantes ocultó al sol en su totalidad, creando un anillo de luz alrededor, una imagen extraña a nuestros ojos, casi irreal. Es posible -me gustaría pensar- que por unos minutos ese singular evento hubiera dibujado una línea espacio-temporal, que nos une con aquellos hombres que poblaron el planeta millas de años atrás, ambos dirigiendo la mirada al mismo milagro que sostiene la vida, y que, por un instante, nos cubrió de oscuridad.
